María recorría junto a su marido, esa casa grande y llena de niños.
Estaba expectante, ansiosa, nerviosa, como nunca antes había imaginado estar.
Su marido, bastante más tranquilo que ella, la consolaba dándole unas palmadas de aliento mientras los pasillos se abrían a sus pasos.
Derecho, luego a la izquierda, y una puerta a la derecha.
La directora de aquel lugar los guiaba, mientras iba instruyéndolos y contándoles acerca del lugar y de las historias de vida que allí estaban presentes; entre paredes delicadamente decoradas con pinturas y pisos fríos, ese día se convertiría en el mejor de aquel matrimonio.
Ella siempre había soñado un hijo...más precisamente un bebé. Toda mujer se imagina tener en brazos un bebé suyo, y pensando que así sería, María nadaba entre la ansiedad y la ternura. No podía evitar tanto entusiasmo.
Y así iba, tratando de sostenerse, pero caminando con seguridad a su encuentro.
Estaba allí para ver por primera vez a su hijo.
La directora, de golpe, abre una gran puerta. Frente a ellos aparecieron muchos rostros...todos distintos, todos únicos. Muchos corazones de 5 años en adelante también intrigados, pero sabiendo internamente cada uno de ellos, que sólo uno sería el hijo de aquella pareja.
María no pudo pronunciar una sola palabra al verlos. Se da vuelta, y le susurra a la directora que no veía bebés y que ella y su marido querían uno.
Lamentaba enormemente toda la confusión, mientras se encaminaba lentamente sobre sus pasos.
A través del pasillo principal, se iban despidiendo del hogar dejando atrás muchos sueños y sonrisas. Pero de la nada, algo empezó a tironear del abrigo de María faltando unos pocos metros para llegar a la puerta.
Mira hacia abajo asombrada y sorprendida, y se da cuenta que un pequeño de aproximadamente 7 años de edad, delgado y con el cabello lleno de rizos, les estaba diciendo algo.
Pronunciando con toda claridad y convencido de lo que estaba diciendo, el niño le decía: "llévenme con ustedes, ya van a ver. Siempre me porto bien y voy a ser un buen hijo, llévenme por favor".
Sin mediar palabra alguna, ella sólo atinó a buscar la mirada de su marido.
La buscó desesperadamente buscando su guía y apoyo. Fueron dos segundos interminables y los suficientes para saber su respuesta.
No hace falta que continúe esta historia, porque ya la saben y se imaginarán el final.
Esa gran puerta que les daba la bienvenida y que cruzaron hacía apenas unos minutos atrás, fue testigo mudo de la salida de tres personas en vez de dos.
Luis, ese pequeño de 7 años, los hizo tremendamente felices. Hoy en día es un hombre adulto con una familia bien constituída y un gran profesional que se desempeña muy bien en su área.
Ha convertido a María y a su papá, en unos padres realmente muy felices y en orgullosos abuelos también.
Para concluir, simplemente quiero hacer una reflexión personal acerca de las edades de los niños en adopción. Quiero decir que cada cual tiene su historia de vida...cada ser humano. Los niños en adopción, sólo esperan a quienes puedan abrigarlos en el seno de una familia.
Existen muchas dudas y temores acerca de las edades, pero por propia experiencia y por haber estado inmersa en este mundo, debo decirles que los fantasmas los creamos nosotros, y eso hace que niños más grandes sean dejados de lado en una adopción y no se consideren.
Si piensas alguna vez en adoptar un niño, piensa también en la posibilidad de brindarle un verdadero hogar a chicos más grandes e incluso, si tienen hermanos.
Hoy en día, uno de los preceptos fundamentales en estas cuestiones, es no separar bajo ningún concepto a los hermanos. Considera esta opción en tu vida y ya verás que duplicarán todo el amor que les brindes.
Esta historia es verídica y ocurrió hace muchos años. Sólo cambié los nombres por respeto hacia los protagonistas. Hoy, todos ellos son personas de bien, manteniéndose unidos a través de los años y formando una gran y dichosa familia.
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