Por un lado, el mundo se topa con la noticia que finalmente y luego de siete años, una reconocida mujer muy culta educada en Francia, fue liberada luego de haber sido tratada de forma salvaje, cruel e inhumana en las selvas colombianas.
Por el otro, recibimos mediante campañas ecologistas sobre la defensa de los derechos del animal, golpes bajos para reflexionar cómo la moda y el glamour dictado desde Francia y otras capitales del mundo para la mujer “refinada”, pueden seguir promoviendo en forma salvaje, cruel e inhumana, la cacería y reproducción en cautiverio en forma nefasta de especies salvajes en peligro de extinción por su piel. Tomemos un ejemplo para darle nombre: el zorro.
¿Lujo, ostentosidad, poder, transgresión?. ¿Hasta dónde piensa llegar el hombre?
¿Dónde comienza y termina el buen gusto? ¿Hay principios? ¿Todos ellos pueden romperse? ¿O es que los que piensan que con el dinero se puede hacer todo, no encuentran límites para ofertar entre grupos sociales selectos de alto poder adquisitivo, – aunque muy débiles- objetos que pretenden cubrir las profundas carencias que residen en lo más profundo de su ser? ¿Hay oferta si no hay demanda?.
Recordemos que el hombre descubrió desde cómo ir a la luna hasta cómo fabricar pieles sintéticas que sustituyan a las naturales.
En primer lugar, los animales pareciera que no tienen derecho a que alguien los defiendan.
El poder del hombre debería residir en controlar sus impulsos y no impulsar el control de una especie considerada inferior.
Afortunadamente, existen empresas en general que invierten en la denominada responsabilidad social de la compañía para insertarse en la comunidad con una inversión que refuerce el poder de la marca y afiance su relación con la gente. Lamentablemente, la más beneficiada es la genérica naturaleza y el reciclado, mediante campañas. En ningún caso serán auspiciados por sponsors animales como el zorro, los delfines y otros seres vivos, ya que es difícil argumentar el vínculo entre el animal y la marca, porque podría salir salpicada de sangre.
En segundo lugar, el consumo recluta manadas de compradoras a las que les inculcan que deben abonar altos precios por un bien escaso como las pieles naturales, y así como existe un productor, un asesino, un vendedor; también existe una usuaria y un comprador que en muchos casos es un hombre. Seguimos sumando cómplices en la cadena...
El zorro es un animal muy bello, generalmente miedoso y escurridizo, que los granjeros lo consideran plaga por muchas razones, pero la principal es que es un depredador y se come a las gallinas del lugareño. ¿Hay que cuidar más las gallinas o matar al zorro?. Con este criterio, “si usted come carne vacuna recién comprada en el supermercado, déjenos su dirección que lo vamos a buscar a su casa”.
¿Cuántos seremos los que de niños disfrutábamos inocentemente con el Diego de la Vega de la Baja California que defendía a los pobres y ahora, inconscientemente, aceptamos este hábito de producción, compra y uso de pieles de estos pobres bichos?.
Antropológicamente, el hombre se abrigó con pieles naturales y aprovechó todo animal que cazaba para subsistir. Hoy, la industria aprovecha absolutamente todo de cualquier animal faenado para cosméticos, medicinas, alimentos, artesanías, etc..
Hay un punto psicológico llamativo y que es aparentemente el más difícil de derribar.
Una mujer con pieles (no entro en detalle si es natural o sintética, ni pienso llamar a un auditor) nunca va sin algunos accesorios que la complementen, cosmética en ojos y labios, alhajas, peinados, perfumes, etc.
Ella busca ser deseada, mostrarse querida, sensual, y excede la necesidad básica de abrigarse. Al ingresar la dama a un entorno público, muchos serán los hombres que la miren porque imponen presencia, no son comunes.
Fantasías mediante, debajo hasta podrían estar con poca ropa, desnuda, perfumada y en estado salvaje ”es buena presa para hincarle el diente, arponearla o aunque sea estar cerca”.
¿Puede ser una mujer felíz sin pieles naturales y joyas? ¿Puede un hombre hacer felíz a una mujer sin pieles y joyas?.
Ojalá pudiéramos andar desnudos por la vida. La indumentaria es una segunda piel que en algunos casos nos une, y en muchos nos separa. Seamos conscientes de nuestros consumos.
Rechacemos cualquier actividad que ataque impunemente a los animales, y más aún por su piel.