
La vez pasada Carmen, asidua visitante de este sitio, contó en su blog que su lavarropas estaba con problemas y que se animó a arreglarlo ella sola. Ahí, en un comentario, le dije que también estaba con problemas el mío y que hacía unos ruidos espantosos (treque-treque-treque, cuic-cuic-cuic, en vez de un simple shhh shhh). Hasta que finalmente dejó de funcionar, cortocircuito mediante.
No sólo tuve problemas con este artefacto vital en mi casa, sino también, con la bendita computadora que estaba más lenta que una tortuga y se “colgaba” constantemente. Problemas domésticos que tiene cualquier ama de casa.
A lo que voy, es que a veces entro en una seguidilla de problemas constantes. En este caso de electrodomésticos, porque parece que se han complotado para hacerme la vida a cuadros. No sé si ahora seguirá la tostadora, la heladera, el microondas o qué.
Rabia es poco, porque desembolsar dinero de golpe -bastante por cierto- que no tenía previsto, no me gustó demasiado aunque era necesario. Pero ya está todo volviendo a la normalidad: el lavarropas, la computadora, y mi humor.
Rabia es poco, porque desembolsar dinero de golpe -bastante por cierto- que no tenía previsto, no me gustó demasiado aunque era necesario. Pero ya está todo volviendo a la normalidad: el lavarropas, la computadora, y mi humor.
No suelo decir malas palabras, aunque confieso que en este caso y otros las he dicho, por supuesto. ¿Quién no?.
Ahora bien, enlazando mi pensamiento con este punto, las malas palabras…¿existen? ¿de qué otra forma podemos expresar ese sentimiento de frustración?.
Les recomiendo ver estos dos videos que enlazo del blog Tendencia Vital, en el cual el maestro Fontanarrosa, frente a una audiencia de catedráticos en el Congreso de la Lengua Española, con fino humor enriquece el lenguaje sin insultar.




















