"Nuestra hora", un cuento de Siluz

Los acordes de su guitarra silenciaban el canto de las olas y su voz, más potente que las del resto de la muchachada, sobresalía armoniosa al entonar el tango de moda:

“Verás que todo es mentira,
verás que nada es amor...
que al mundo nada le importa
Yira...Yira...”

Al igual que todos los sábados, la peña espera el amanecer en la playa. Ninguno se marchará, no hasta que termine el ron, la música y la noche. Extinta ya la fogata, el color de las llamas se muda hasta alternar con los destellos azules y rubios que inundan el cielo. Surge un nuevo día. ¡Para los demás! Porque ellos aún no terminan el viejo. Oyen el canto de un gallo solitario. Es hora de regresar a casa a dormir el domingo y la resaca.

Has sido la estrella de la noche, Manuel, como el día antes fuiste el héroe del partido. Empatado el juego de baloncesto y a punto de sonar el silbato del tiempo reglamentario, ¡qué canastazo! “Manuel, Manuel, ése es el que es”. Todavía escuchas los gritos y aplausos de los fanáticos. No por nada eres el capitán del equipo.


—¿Vas al baile de celebración?
—Claro, ¿lo dudas acaso?
—No, si eres el alma de la fiesta.
Nunca llevas pareja. Te divides entre todas y ellas se pelean por bailar contigo, por beber contigo, por estar contigo. ¿Qué culpa tienes de ser tan encantador? Coqueteas con la felicidad. ¡Qué vida te espera, Manuel!


—Don Manuel, cierre la boca. Se está babeando. Mire que luego me toca a mí limpiarlo, ¡caramba!


¡Dios! ¡Quién tuviera veinte años otra vez! Te buscaría, Beatriz, juro que lo haría. Mereces mucho más de lo que hoy puedo darte. Ya mi cuerpo no me responde. No quedan de mí más que recuerdos inútiles y sueños irrealizados. ¡Qué tarde te conocí! Siento que me voy con el siglo y no quiero arrastrarte conmigo. Si sólo hubiera tenido una hora de juventud contigo... Ésa me la debes, vida, ésa me la debes.

Dirán que es una ridiculez, que me he vuelto loca, que debo estar senil. Dirán, gritarán y patalearán. ¿Y qué? Haré caso omiso a sus comentarios y les diré; “Hijos míos, voy a casarme”. Estoy segura de que me visitarán esta semana. Nunca fallan para las fiestas. Posiblemente hasta los acompañen los chicos. “Abuela, ¡cuánto tiempo!” Quizás hasta alguna sorpresita me traigan. No se imaginan la que yo les tengo. A su consabida pregunta: “¿Qué hay de nuevo?” no responderé el esperado: “Todo igual”. Habrá que ver sus gestos congelados de quijadas caídas y ojos brotados al escucharme repetir: “Sí, voy a casarme, hijos míos. Y no hay nada que puedan hacer para impedirlo”. Argumentarán que conocí a Manuel hace sólo un mes, que he perdido la razón, que ya estoy vieja para esas cosas.


—Mamá, pero si casi no lo conoces.
—¿Y qué? Para nosotros, un mes es toda una vida.


Y no es una frase hecha. Digo verdad, es toda una vida. A mi edad, ya no pido mucho. Un poco de compañía, alguien con quien conversar, con quien todavía dejar volar la imaginación y pasar las horas reviviendo recuerdos e ilusiones. Alguien que te busque con su mirada cada día, que te sonría en las mañanas y necesite tu abrazo cada noche; quizás a la espera del viaje irremediable, no lo niego, pero juntos para compartir las pequeñas alegrías y tristezas que aún nos queden a lo largo del camino.
Lo que no les diré nunca a ellos, ni a Manuel, es que lo conocí hace mucho más de un mes. Que lo recuerdo de mis años de escuela. Yo tendría entonces unos quince y él estaba a punto de obtener su bachillerato. Capitán del equipo de baloncesto, bailarín como ninguno, cantaba acompañándose de la guitarra, siempre alegre, siempre rodeado de chicas. Todas las mañanas pasaba por mi calle cuando corría para ejercitarse. Cada día a la misma hora. Y yo lo esperaba, siguiéndolo con la vista hasta perderlo en la distancia. Él a mí jamás me vio.

Sólo en mis versos, tristes balbuceos de niña enamorada, me atreví a dar rienda suelta a mis sentimientos. Sin saber por qué y a pesar de reconocer su poco valor literario, guardé este poema entre las páginas de mi Biblia. Estaba destinado sin duda, a que lo escuchara aquél a quien estaba dedicado, sin él saberlo.

A Manuel


No, no quiero que me hables,
no sabría contestarte.
Me basta ver tu sonrisa,
aunque pases junto a otra
pues tu voz llega en el aire
y en la distancia me roza.
No, no quiero que me mires,
para ti soy poca cosa.
Es mi destino esperarte
toda la vida, sin prisa.
Aquí estar, si llega el día
que puedas necesitarme.
No, no quiero que me toques
no ha llegado nuestra hora.

Beatriz
15 de marzo de 1930


Hoy Manuel ya no camina, no canta, no baila, no corre, no juega. Hoy es sólo el “pobre viejito” que las enfermeras sacan a tomar el sol de cuatro a seis. La vida nos reunió en este asilo donde vivimos. Lo espero, como antes, pero ahora sí me escucha, me mira, me habla, me necesita. Y si sólo una hora me quedara de vida, quisiera estarla junto a él.


—¿Qué hay de nuevo?
—Hijos míos, voy a casarme con Manuel.


Siluz


Agradezco muchísimo a Siluz por participar con este cuento de su autoría, originalmente publicado en la antología Cuentame@com del taller literario Tallerines.

Visita a Siluz en su blog ESCRIBIENDO EN VOZ ALTA









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8 comentan:

  1. Es excelente.
    Aunque de Siluz no me extraña, porque sus escritos son brillantes siempre y me da mucho placer leerla.

    Marce: Un lujo tu invitada de hoy.

    Siluz: Te admiro.

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  2. ¡Qué alegría, Siluz! Es maravilloso encontrarte por aquí, un gran lugar donde los amigos podemos vernos y compartir. No hay sitio mejor, ¿no crees?

    El cuento estupendo, como los tuyos, los que leía en Tallarines, los que leo en tu blog.

    Y ¿quién dijo que la vida, que el amor acaban en la vejez? ¿Quién tiene la osadía de impedir que dos personas acaben sus vidas juntos?

    Lindo tu cuento, un mensaje de esperanza y de sueños cumplidos.

    Una gran alegría leerte aquí.

    Besos,

    Anabel, la Cuentista

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  3. Marcela:
    Soy yo la que te doy a ti las gracias por invitarme a participar en tu blog. Es un honor y una alegría ver aquí mi cuento. Un beso grande desde mi Isla del Encanto.

    Fabiana:
    Gracias por tus palabras. Me emociona sentir tanto cariño a distancia. Es pequeño el mundo y seguimos coincidiendo en este breve espacio. Besitos, amiga.

    Anabel:
    Un abrazo tan grande que cruce el Atlántico. Una alegría encontrarnos de nuevo. Es cierto, no hay edad para dejar de soñar ni para realizar los sueños. Gracias, amiga, por tan lindo comentario.

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  4. Un bello cuento que nos enseña que el amor no tiene edad... y la felicidad tampoco.

    Siluz ha sido un verdadero placer.

    Marcela un besito preciosa

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  5. Ainsssss Marcela

    El amor no tiene ni edad ni condición, y eso es lo más bonito que tiene la vida.

    Gracias por darnos a conocer el spacio de Siluz.

    Besos.

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  6. Bonito cuento, Marcela te nomine para un premio, se que a muchos no les gusta o interesan esos premios y lo entiendo, pero si lo deseas podes retirarlo. Besos y suerte en tu nuevo emprendimiento.

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  7. ESTOY POR CUMPLIR CINCUENTA Y NUEVE Y SOY TAN O MÁS SOÑADORA QUE A LOS VEINTE. LA VIDA TERMINA CON EL ÚLTIMO ALIENTO Y NO ANTES.

    ¡HERMOSA PÁGINA!

    ¡UN ABRAZO!

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  8. Que lindo encontrar un cuento de mi amiga Luz por acá!!!
    Brillante como siempre, como una luciernaga!
    Abrazos para ambas

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